Una crónica de avistamiento de auroras boreales

Nunca antes había estado tan al norte en el planeta. A mil kilómetros de llegar al círculo polar ártico, aprendí que el vértigo se siente cuando te sabes cerca del abismo, pero también lejos de la civilización. Eran las 22:30, y la aventura que se repetiría por tres noches había comenzado. Cumpliría uno de mis sueños más preciados: observar las auroras boreales.

Las auroras son las luces de colores, generalmente verdes, observables en el cielo de las regiones polares del planeta. Las boreales aparecen en la parte norte, mientras que las australes lo hacen en el sur. De ahí que tuviera que recorrer casi siete mil kilómetros desde mi casa a través de distintos aviones y automóviles para que me llevaran a la latitud 60 grados norte.

Si a esto le sumamos que la mejor época para observar estos eventos naturales es durante el invierno, entenderán que la temperatura -que pudo llegar a los 35 grados centígrados negativos- me llevara a la necesidad de convertirme en algo parecido a un ser kafkiano cubierto de innumerables textiles.

Para ver las luces es preciso la penumbra. Para esto, la expedición con la que viajaba se internó en medio del bosque a unos treinta kilómetros lejos de la capital de Yukón, en Canadá. La oscuridad mostró un cielo que se me había olvidado inundado de estrellas. Incluso se notaba la nata blanca formada por el cúmulo de polvo y astros que le da nombre a nuestra galaxia, producto del mito de Hércules, Hera, y la leche materna. La Luna iluminaba por completo a la nieve, y la hacía brillar con un blanco peculiar que nunca antes había presenciado. Parecía un fantasma.

Todas estas condiciones de oscuridad, y al mismo tiempo de luminosidad indirecta, hacen que parezca una locura que sea el Sol el responsable del fenómeno de las auroras. Es nuestro astro y su interacción con la Tierra el factor decisivo para que las auroras pinten los cielos nocturnos de colores.

La actividad del Sol emite átomos que entran en contacto con los elementos de la atmósfera de la Tierra. Esto resulta en una transformación energética, que entonces se emite en forma de luz. Dependiendo la altura a la que se den las colisiones de los átomos, así como de su composición, serán los colores observables, y las formas. Es así que las auroras más comunes son de color verde, por el oxígeno atmosférico, mientras que se necesita una actividad solar de gran intensidad para poder apreciarlas de color rojo.

Durante la primera noche, y después de esperar por un par de horas, la primera aurora apareció. Primero comenzó como una espectro apenas perceptible. Era tan débil en coloración, que a simple vista fue complicado diferenciarla de una nube. Para corroborar que se trataba de una aurora, tuvimos que usar una de las cámaras fotográficas capaces de hacer exposiciones prolongadas a la emisión de luz y, por tanto, captar el color verde. Al corroborar que se trataba de una aurora, sólo quedó esperar.

Conforme fue pasando el tiempo, la aurora ganó área y coloración. Pasó de verse como una neblina verde frente a nosotros, hasta convertirse en curvas que bailaban con un ritmo inaudible. Ahora que lo recuerdo, diría que verlas moverse sin que haya algún sonido de fondo es extrañísimo. Algunas personas dicen que las auroras emiten música, pero ningún estudio científico serio ha podido demostrar la veracidad de esto. Supongo que esto viene de nuestra asociación del sonido con movimiento: oímos el viento y vemos su presencia en los árboles o en las nubes; oímos las olas y vemos su presencia en el agua del mar. Pero es verdad que se pueden ver luces de colores en la noche sin escuchar ni un ruido.

Las auroras se vieron por espacio de una, o incluso dos horas. Al presenciarlas pareciera que todo se detiene, menos ellas. Pero luego uno regresa a las estrellas y a la Luna, y es evidente que se han movido, que la noche ha seguido avanzando. Luego las auroras desaparecieron. A las dos de la mañana era hora de volver a la civilización.

Esta fue la rutina de tres noches. De hecho, se recomienda que, para observar a las auroras, se realicen al menos tres avistamientos. ¿Tantos avistamientos? ¡Voy a ver tres veces a las auroras! Pues no. Las auroras son caprichosas. En nuestra experiencia, la segunda noche se vio arruinada por un cielo inundado de nubes que nos imposibilitó apreciarlas. La tercera noche apenas se asomó un murmullo, y luego se volvieron a esconder detrás de una cortina densa de nubes.

Algunas civilizaciones han asociado a las auroras con mitos y leyendas. Situaciones como las almas de antepasados, o la respiración de dragones, o los mensajes de los dioses, son explicaciones que se les ha atribuido. Por otro lado, el conocimiento científico da evidencia de que se trata de interacciones moleculares a nivel planetario las responsables de dicho fenómeno. Pero al contemplar las auroras, uno podría llegar a comprender el porqué alguien necesitó darle una explicación a este fenómeno a través de las herramientas conceptuales que tenía a su alcance.

Ya fueran dragones o átomos, lo que viví con las auroras me hacen recordar a Carl Sagan. En su libro “El mundo y sus demonios”, él dice que “la ciencia no sólo es compatible con la espiritualidad, sino que es una fuente profunda de ella. Cuando reconocemos nuestro lugar en la inmensidad de años luz y en la sutileza de la vida, entonces ese enorme sentimiento, ese sentido de júbilo y humildad combinados, es ciertamente espiritual”.

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(Esta crónica fue escrita por Sofía Flores para Historias Cienciacionales.)

 

Foto: Captura de una foto que me hicieron con mi hermana, apreciando la primera aurora que presenciamos.

Aquí les dejamos un video de las auroras boreales en Alaska, de National Geographic. Fue hecho con una técnica especial para que su movimiento se aprecie más rápido, y para que se pueda captar la totalidad de la luz, mucha de la cual escapa a nuestro ojo.
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